Quiero empezar este nuevo blog, como complemento del que ya tengo
acá. Porque leer y escribir son cosas muy parecidas. A veces me sorprendo en situaciones complicadas, recordando y haciendo mías palabras de otros autores. En alguna separación cité (y mucho) a Antoine de Saint-Exupéry, o entretuve a algún amigo deprimido contándole la historia de dos Ivanes, que se peleaban. Porque de tanto leer historias, uno va adivinando los bloques que se usaron para construirlas.
Sobre todo al narrar historias nuevas, frescas, donde uno va inventando sobre la marcha, si necesita un personaje buenazo, le pide prestado a Tolkien un Hobbit, o uno particularmente cruel e inhumano a Stephen King. La descripción de una tierra fantástica, pero tenebrosa, a H. P. Lovecraft, o un firulete arrabalero de Arlt, o una compadrada erudita de Borges. La cotidianeidad elaborada de Cortazar, o la emoción desmedida de Galeano.
Uno al contar cuentos, se sienta en el escritorio de todos los autores que leyó, que le gustaron, que repasó mil veces, y les desordena los papeles, los mezcla, los confunde, los hace algo nuevo. Podrían acusarme de robar más de lo que creo, y estarían acertando, pero también siendo injustos. Y no solamente porque como dijo uno más piola que yo "Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído", sino también porque uno al mezclar, al retorcer, al ejercer un olvido selectivo sobre lo leído termina realizando, aún sin querer, un acto creativo.
Como el músico de jazz utiliza escalas muy bien conocidas al improvisar, uno toma personajes, lugares comunes, figuras retóricas, y se apoya en ellas para ganar tiempo, para pensar para donde corno va a ir ese personaje. Y así como las escalas están compuestas de notas (Si me dejan seguir con esta musical metáfora) las frases están compuestas de palabras. Y es ahí, en la palabra, donde justifico esta primer entrada del blog.
Porque es la palabra la que a fin de cuentas nos dice quienes somos.
Uno puede (podría) comunicarse perfectamente con unas cien palabras. Entonces, podría pensar uno ¿para qué aprender más? Y la respuesta es tan simple como terrible: Siendo que uno piensa en palabras (incluso ese cuestionamiento), cuantas más palabras sepa, más amplia va a ser su capacidad de pensamiento, más rico va a ser. Saber que algo muy pobre es paupérrimo, que arrodillarse con respeto y adoración es prosternarse, y que si uno quiere eludir sus obligaciones en pos de algo más satisfactorio en lo inmediato tiene que procrastinar, por nombrar tres palabras que uno tiene que conocer...
Aunque nunca las use.
Hace poco escuché decir a Dolina, que una de las mayores pobrezas que tienen los pibes de la calle es la pobreza del idioma, es ni siquiera poder decir lo que sienten. En ese momento me pareció que el Negro se había olvidado lo que es pasar hambre, y que esa es la peor de las miserias, el hambre, pero después me acordé que en mis tiempos de católico (aunque lo que voy a decir es un tanto herético) creía que Jesús no era milagrero. Que era solamente un excelente orador. Así, cuando había poca comida, charlaba, y al escuchar las historias la gente se olvidaba por un rato del hambre, o creía que el agua era más rica, casi como vino. O si contaba historias de gente muerta, bueno, las volvía a la vida. Y ahí puedo darle parte de razón a Dolina, si yo hoy estoy vivo fue porque en mis peores momentos tuve una buena historia a mano, para hacerme dar ese siguiente paso, el más difícil, el paso que viene después de que uno sintió que no tiene adonde ir.
Por eso, arranquemos esta biblioteca, charlada, como todo lo que yo hago, con un diccionario, que amablemente les robé a los chicos de
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